Mientras se aguarda para entrar al cine, en el Abasto, irrumpe la imagen de una muchacha con un collar de flores, en el aeropuerto de Bora Bora, esperando para acompañar al recién llegado a un barco que lo conducirá por fin a la médula del paraíso. Poco después de un gol de Sergio Agüero en Fútbol de Primera, la luz fucsia de la pantalla remite al color del mar que rodeaba, poco antes del amanecer, las islas cercanas a Huahine. Hasta que se entiende, en fin, que hay una Polinesia real que sobrevive ahora mismo, entre las hilachas de palmeras salvajes, allí, en medio de los mares más remotos del mundo, bajo el sol del trópico. Unas islas bellas y lejanas donde se habla un francés más relampagueante que el que se oye en los barrios de París. Y hay, a la vez, memoria de la memoria, otra Polinesia que se reparte en la resaca de imágenes de quienes la han disfrutado y otra Polinesia más entre los que sostienen el sueño de atesorarla bajo sus pies alguna vez. Y más aún, una tercera o cuarta Polinesia, una mítica y definitiva, de quienes le agregaron colores y la duplicaron en telas; de quienes enfocaron, encuadraron y dispararon sus cámaras arrebatados de belleza; de quienes apenas rozaron con algunas pocas palabras su perfil de tierra enervada por la incertidumbre de los aires marinos, las frutas maduras, los cuerpos tatuados al sol, el olor de las flores, los pájaros relocos y las mujeres felices.
No está nada mal llegar a una ciudad desconocida por la noche
Después de seis horas de vuelo desde la Isla de Pascua, a la que a su vez se arriba tras otras cinco horas de vuelo desde Santiago de Chile, se llega finalmente a Papeete, la capital de Tahití, el epicentro de la Polinesia Francesa. Estas islas, y pueden constatarlo mejor con un globo terráqueo a la vista, son las más aisladas del planeta y Papeete —unos 127.000 habitantes, la mitad del total de residentes en las islas, que no llegan a los 250.000— es, desde el aire, un anhelado puñado de luces desparramadas más o menos al azar en medio del Pacífico. En el aeropuerto, las primeras cadenas de tiare —una flor algo parecida al jazmín, el emblema de las islas— reciben a los forasteros detrás de las sonrisas iniciales de las mujeres que encandilaron a Gauguin y a Marlon Brando. Un trío toca el ukelele y arremete con temas románticos que los recién llegados, por el cansancio, dejan pasar de largo. El semblante nocturno de Papeete es de una coquetería salvaje: elegancia del primer mundo en las construcciones con el aroma del mar que sobrevuela todos los frentes del aire.
"Don't work hard" (no trabajen duro) bromea Bernie, el que al fin de cuentas será el más simpático de todos los conductores de turistas de la Polinesia. Un hawaiano que orilla los ciento cincuenta kilos y ofrece los primeros secretos del lugar: 118 islas en cinco archipiélagos distantes, extendidas en un territorio marino de 4 millones de kilómetros cuadrados, una superficie equivalente a la de Europa. "La temperatura ambiental promedio anual es de 27 grados y la del agua es de alrededor de 26 grados. En la isla de Tuamotu se aseguran unas 3.000 horas de sol por año", dice, y sonríe, y se mueven las flores estampadas de su camisa enorme. Y sugiere además la contundencia de los anteojos oscuros —que él usa hasta por las noches— para semblantear a las muchachas con cierto disimulo. La combi estaciona en el playón del hotel. Sucede, entonces, la caminata nocturna alrededor de la pileta, el recorrido por el muelle de madera del Hotel Intercontinental, los primeros peces que llegan a la orilla, unas luces quietas sobre lo que parece una colina y la sensación de lo que vendrá: ¿cómo contarlo todo sin excesos? El hotel por la noche, el vértigo en reposo: los kayaks apilados en la arena, las hamacas de los niños vacías, las moto sky silenciosas, los candelabros encendidos alrededor del muelle para orientar a los caminantes. En el agua impecable flamea algo incierto que llama la atención, pero que no resultará después extraño y a lo largo de los días se terminará convirtiendo en una escena repetida: un reguero de flores cruza ahora la orilla como otro adorno de lujo.
Las hélices del ATR de 42 plazas comienzan a bramar en busca de Huahine
Estos aviones pequeños bajan y suben de las islas con ritmo sostenido: son alrededor de doscientos los vuelos semanales de Air Tahiti que conectan entre sí más de 40 islas. Algunos trayectos —como el que une Papeete y Morea— se resuelven en diez o doce minutos y los aeropuertos son, siempre, extravagantes. El de Bora Bora tiene el puerto ahí no más: el extranjero baja del avión, sube a un barco y llega al hall del hotel. Otros, como el de Tekihau, son mínimos, parecidos a un quincho de alguna quinta de Pilar. Todos estiran sus pistas al borde del océano.
El de Hauhine está a 30 minutos de vuelo de Tahití. En auto se atraviesa, después, Fare: un pueblo rodeado de acacias y de almendros. De un muelle finalmente sale la lancha que nos lleva el Te Tiare Beach, uno de los grandes hoteles montados en este lugar con fama de reverenciar el pasado: se sostienen aquí los vestigios arqueológicos más notables de la Polinesia.
"Huahine —que significa sexo de mujer en idioma nativo— son, en verdad, dos islas unidas por una laguna de coral, navegada por los cazadores de langostas y los criadores de perlas negras", dice Parca, un nativo que recibe a los turistas en su pequeña embarcación soplando un caracol gigante como si fuera un oboe. La recorrida alrededor de la isla —una excursión de 80 dólares— incluye un mahí mahí, el pez más frecuentado por la cocina local, que se come apenas aderezado con coco rallado y vainilla. El almuerzo es sobre dos tablones montados en caballetes, frente al océano: comemos en silencio, con los pies en el agua.
Parca nos lleva, más tarde, a conocer a Claude Pichollet, un francés de 54 años, ex asistente de enfermos terminales, que hace quince abandonó la ropa de invierno para siempre en París. En un barco abandonado, a 150 metros de la playa, Claude trabaja ahora de alimentar tiburones. Ubica, antes, a los turistas detrás de una soga, sin red, y ordena, mirando a los ojos: "Es peligroso tratar de mejorar la ubicación". Después de tres pedazos de pescado arrojados al vacío, en medio de una adrenalina silenciosa, surge acechante y sinuoso un tiburón negro: el mar parece abrirse a su paso para que, a unos cuatro metros de los curiosos que llegaron de Milán, Los Angeles y Buenos Aires, realice su inquietante almuerzo tardío. Y vuelve por más.
Merecen apuntarse aquí algunas imágenes arbitrarias de los días en Huahine. La mínima embarcación de pesca y el yate del millón de dólares que se cruzan detrás de los arrecifes. La posibilidad de nadar hasta un muelle en medio de la bahía, cerca de las últimas cabañas montadas sobre el mar: cuando la brazada es hacia abajo, se divisa un cardumen de peces violetas y amarillos que recorren el fondo; cuando se arquea la cabeza para respirar, un bosque de palmeras filtra la primera luz del amanecer. Hasta la primera mañana en Huahine, era posible pensar que el colibrí era un pájaro solitario. Sin embargo, el atae, un árbol de flores dulzonas que crece en las orillas, los convoca en bandadas para una danza que detiene el mundo.
Bora Bora, vista desde arriba, quiebra a una pareja de mieleros alemanes que se toman de la mano y lagrimean. Como Huahine, Bora Bora forma parte del archipiélago llamado Islas de la Sociedad, al norte de Tahití. A diferencia de los territorios que se levantan casi a ras del agua, éstas son islas montañosas y de vegetación abundante, con arenas blancas. Desde el avión, los arrecifes generan que cambie, en tonos diversos dentro del turquesa, el color de las aguas. No es fácil describir un milagro.
"Este lugar se hizo famoso en la Segunda Guerra, cuando los corresponsales norteamericanos lo comenzaron a describir como La Perla del Pacífico", dice el guía Terupe Tehapapa, mientras limpia, con parsimonia, un ananá para el almuerzo. Su nombre deriva de un rey de una isla cercana, Tahaa, y cuenta que Bora Bora significa "aplausos" en la lengua nativa. Terupe asegura que ha ganado, hace unos años, el maratón de la fruta, que se hace con los corredores cargando 50 kilos sobre los hombros. "Julio es el mes de los festejos"dice, y él mismo celebra lo que suele suceder en ese mes: cierta catarsis colectiva, una especie de gran club de la pelea, muchachos de las distintas villas que durante ese mes compiten por la supremacía de la isla. "A veces somos quinientos contra quinientos", dice, y acaso exagera.
Por la tarde llueve en Bora Bora, como para entender que la Polinesia también se equivoca. La lluvia aquí es una manera de trasgredir la perfección, pero además suena Taj Majal y se mueven a lo lejos algunos veleros y la tarde, lenta, se va a pique. Es el momento para levantar un espacio vidriado en el piso de las cabañas montadas sobre el mar, conseguir unos panes y dejarlos caer, de a pedacitos, por el hueco del cuarto: unos peces negros, cruzados por rayas de un verde fosforecente, se mueven allá abajo, nadan en redondo y se comen hasta las migas más pequeñas.
Por la mañana, la escena se repetirá, pero con una escafandra en la cabeza, a tres metros bajo el agua.
El safari acuático es una de las excursiones que no hay que dejar de hacer, aunque la intemperie marina provoque, en principio, vértigo. "Nunca había sentido que caminaba dentro de una pecera", dirá Angélica, una sevillana que no repara, desde hace tres años, en los dos días de viaje que le significa llegar a la Polinesia. Ella, en agosto, empaca y se marcha por la gloria del sol en el Pacífico sur.
No hay banco ni cajero automático en Tekihau, pero la isla es conocida por sus arenas rosas y por ser el atolón más poblado de peces de la Polinesia. De las 250 personas que viven en el lugar, más de 50 trabajan en el Tekihau Pearl Beach Resort, donde cada uno de los 16 bungalows sobre el agua semejan una instalación de arte.
En la íntima Tekihau se percibe sobre todo la fosforescencia de la distancia. Porque son ciertos el mar de los colores sublimes, la fortaleza verde de los cerros, la maraña de peces de colores que parecen esparcidos por los agentes de turismo, las mujeres de sensualidad carioca y amabilidad nipona; todo vuelve a la Polinesia un sitio como para reivindicarse con la vida en un planeta perdido y domesticado. Pero hay algo más, inefable, casi un sentimiento, que envuelve este lugar, y es algo que puede nombrarse como el abrazo de la lejanía, un efecto sedante extra. Llega, mientras se camina por la orilla de Tekihau, una idea alocada: si el planeta estallara ahora por el aire, por un capricho cósmico, acaso la vida aquí podría seguir este cauce inaudito de belleza de postal.
Ultimo atardecer en la Polinesia, piensa el viajero, y toca madera. Quién sabe. Todos auguran que el mejor lugar para ver Papeete con su última luz es el bar del cuarto piso del hotel Radisson, que da a una playa de negras arenas volcánicas, y donde una hamburguesa cuesta treinta dólares. Hay un guitarrista de bar que copia, con algunos aciertos, a Eric Clapton y varias parejas en plan luna de miel y una muy joven tahitiana con un personaje de hombros anchos que parece político o policía. La chica de labios muy rojos, muy húmedos, lo mira como si lo deseara, pero él parece estar seguro de que ella sólo anhela tres o cuatro papeles de su billetera. Ella le apoya, leve, la mano en la rodilla para avisarle que se avecina una tormenta y que es mejor entrar al bar de sillones de cuero oscuro y velas recién encendidas. El elige esperar. Y aguarda hasta las primeras gotas de lluvia tropical y no camina hacia el bar sino que la lleva de un brazo, hasta los ascensores, en busca de una de las habitaciones. Todo tiene la frialdad erótica de una transacción comercial. Los arrebatos del cielo se han vuelto rojos mientras tanto y sólo queda un retazo de Martini en el vaso del adiós. El mar más bello del mundo no luce el turquesa de esta tarde: es ahora más bien una sombra que se mueve y susurra de manera legendaria. La tormenta, como otras, pasa en seguida, y surge entonces, muy de golpe, un enorme corredor de estrellas sin nombre y, antes de ir al cuarto, y cerrar definitivamente la valija, se vuelve imprescindible ponerse de pie, mirarlo todo en tiempo de descuento y agradecer por un instante haber divisado ciertas ensoñaciones del paraíso para poder contarlas.
Algunos precios
El cambio
Una unidad de dólar equivale en la Polinesia Francesa a 97,04 FCFP.
Lo que sigue son algunos precios para tener una idea de cuánto se gasta en el lugar:
US$ 0,50 Una baguete.
US$ 1 Una botella de agua mineral de litro y medio.
US$ 2 Un café en un bar.
US$ 2 Un sándwich.
US$ 10 Si se quiere pedir un plato rápido en un snac.
US$ 20 Si la comida es en un restaurante.
US$ 6 Un sándwich con jugo de frutas natural.
Información
Los siguientes son algunos sitios web donde se puede encontrar información acerca de la Polinesia.
www.tourisme.gov.pf
www.entaithi.cl
www.taithi-tourisme.es
www.guiadelmundo.com/paises/frenchpolynesia/
www.lonelyplanet.es/destinations/pacific/
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